Con florituras o no, de todos es sabido que el buen hacer no depende, ni mucho menos, de los enrejados entramados de la aflorante subcultura con que se nos intenta chantajear, a costa de nuestros consonánticos y monosilábicos dones, floridos y tenebrosos, de la calografía y la calofonía. Y es que las cacografías y cacofonías que nos acosen acaso por doquiera nuestros cansados pies pisen, no nos han de ser estorbos ni contuberniados obstáculos para el dulce discurrir de los no traqueotomizados cerebros y magnánimas mentes. Sí, lectómanos, esto podría, y sólo podría, parecer otro infructuoso y empecinado protréptico de la cultura, otra égloga más entre las múltiples e hilarantes que por aquestos lares se nos entrecruzan y subvierten, pero os digo, mis máspreciados, que no, que nanay, que yo os invoco y os advoco y os convoco, desde aquí, desde el lugar donde la prosa se hace rosa y la poesía pesa, a que no malinvirtais y descuajeringueis y desatornilleis vuestras ya de por sí tan mercrominizadas y pasteurizadas entendederas y, como aquellas hermosas, siempre hermosas, madreselvas a las que cantaba aquel mi gran sevillano poeta, os impelo a que ¡al jardin las tapias escalar! ¡y a la tarde, aun más hermosas, las flores abrir!
Sí, mis lectómanos, mas, como dice el palintrocado poema, aquellas que mirábamos temblar -¡temblar!- esas no volverán. Y no vuelven, por más que se las reclame desde el socrático cenagal de la pública plaza o desde el sonoro y babeante ósculo de los primerizos amantes, ya no vuelven y quizá, amigos, copersonas mías, esa sea la tremenda, terrible, tremebunda, tremebundérrima tragedia de la humana especie. Ah, y cómo recuerdo yo, en mi solazada soledad de este austero rinconcito del mundo que he comprado con mi dinero, aquellas soleadas tardes de la preternatural infancia, donde el casero olor a los recien hechos bollos aun arañaba mis de infante tiernas narices. Esos bollos, y el parsimonioso recuerdo que de ellos me ha quedado para mi uso y disfrute y mi gozo en un pozo, esos… ¡no volverán!
Unos versos de mi sevillano poeta me despedirán de ti, conturbado lectómano mío, y cerrarán esta mi nueva intervención en esta pielagosa columna que voy poco a poco hilando y deshilando.
Cuando volvemos las fugaces horas
del pasado a evocar,
temblando brilla en sus pestañas negras
una lágrima pronta a resbalar.
Y al fin resbala y cae como gota
de rocío, al pensar
que, cual hoy por ayer, por hoy mañana,
volveremos los dos a suspirar.
Se trata, como a nadie se le ha escapado, de la hermosísima y zahiriente rima LIV, que espero no perturbe ni desarmonice más de lo que perturbado y desarmonizado está ya el humanal tráfago. Hasta que me vuelvas a leer, Horacio Fernández.